La Inmoralidad del Aborto


Hace ya varios años se ha instalado en nuestro país el debate sobre el aborto. A esto se suma la renovada intensidad del mismo en el año 2018 como consecuencia de la oleada de movilizaciones feministas, en parte alentada por la demanda de un aborto “Legal, Seguro y Gratuito” iniciado previamente en Argentina, que no tardó un segundo en llegar acá. En este contexto, y frente a un tema de naturaleza tan delicada y polarizada, es que, para formar una opinión al respecto, es imprescindible hacerse la pregunta del fondo de la controversia: "¿es el aborto una práctica moral?" En este breve ensayo propondré a modo de respuesta, basado en argumentos surgidos de la genética, la bioética y la ética, que el aborto inducido constituye una práctica inmoral, en tanto que significa un atentado contra la persona humana.

El padre de la genética moderna, Jéromê Lejeune, respecto al momento de origen de la vida humana, sostiene:

"No se trata de una opinión, de un postulado moral o de una idea filosófica, sino de una verdad experimental. Si el ser humano no comienza con la fecundación, no comienza nunca. Ningún científico informado puede indicar un solo dato objetivo posterior a la constitución de un nuevo ADN como hecho del que dependa el inicio de una vida humana. Afirmar que la vida humana comienza después de la fecundación, no es científico. Es una afirmación arbitraria, fruto de ideologías o intereses ajenos a la Ciencia. El cigoto, fruto de la fusión de las dos células germinales, es un individuo distinto del padre y de la madre, con una carga genética que tiene el 50 % de cada uno de los progenitores"1

El genetista francés nos señala que al formarse el cigoto como resultado de la unión de los gametos femenino y masculino se origina un individuo nuevo, un tercero. De este modo, una eventual intervención uterina le causaría la muerte a aquél, privándole de sus posibilidades de existencia futuras.

La bioética -aquella rama de la ética que estudia el comportamiento humano sobre la vida en general- comprende en uno de sus cuatro principios básicos el de no-maleficencia o ausencia de daño, el cual expresa la obligación de no producir ningún tipo de daño al paciente. En el proceso, el paciente más perjudicado es el segundo, el nonato. Por ser paciente se le trata si es que está enfermo y se observa su desarrollo periódicamente a través ecografías. Si el médico procede a introducir un tubo de succión desintegrando progresivamente al pequeño, o si genera la dilatación del cuello del útero para luego usar unas tenazas destrozando sus miembros y columna vertebral, estaría incumpliendo su deber de no causar daño a aquél individuo que tiene que proteger.

En este sentido, es interesante considerar que el Juramento hipocrático del siglo V A.C., en un contexto cultural de paganismo, ya reconociera la protección del pequeño en el vientre: “(…) No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos". 2

Ahora bien, para continuar con el siguiente punto, permítame tratar brevemente sobre la cuestión de la personalidad del hijo en gestación. ¿Es persona, o no lo es? Para responder a la pregunta es necesario repasar qué significa ser persona y cuáles son sus principales características. Tomando dos acepciones de la palabra persona de la RAE podemos encontrar las definiciones de “individuo de la especie humana” y “sujeto de derecho”. A su vez, se le suele caracterizar a la persona de ser poseedora de singularidad y de dignidad,  siendo ésta última la fuente de sus derechos. Luego, sin titubeo alguno es posible sostener con certeza de que aquél pequeño, por el hecho de ser un individuo único e irrepetible y un miembro de la especie humana, es persona. Es así como el que se halla en estado vegetal también es persona, pues lo que lo determina no depende de una contingencia circunstancial que impida una manifestación humana plena, sino su esencia en tanto que se es un ser humano: el ser humano, es persona.

Al respecto, el filósofo chileno Alfonso Gómez-Lobo ha señalado:

“Mi posición es que la evidencia empírica apunta más bien al hecho de que cada uno de nosotros es un organismo que se desarrolla uniformemente desde la fertilización del óvulo materno y sin grandes sobresaltos biológicos. Las funciones superiores y el uso de la razón emergen paulatinamente en un organismo cuya identidad se extiende en el tiempo. No somos personas a partir de una determinada fase de nuestra existencia, sino que somos personas desde el comienzo, pues llevamos dentro la información biológica que lleva al desarrollo de las funciones que asociamos con las personas adultas. En el mundo circundante “ser humano” y “persona” son predicados coextensivos.”3

Así pues, la ética como disciplina filosófica también nos puede ofrecer unas pautas al respecto. Archiconocido es el Imperativo categórico kantiano, que en una de sus formulaciones reza así: “Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”4. El aborto implicaría la instrumentalización del pequeño en el vientre. No se le quiere criar, es molesto, por lo cual se le quita la vida antes de nacer. Como resultado, se incurre en la renuncia del imperativo.

He bosquejado algunos argumentos sosteniendo que el acto de abortar no se ajusta a un comportamiento moral. Esto, porque lo que está en el vientre es un ser humano; porque tal acción de parte de un médico es ir contra su propia ética profesional; y porque no es correcto convertir a un sujeto en un mero objeto desechable. Pueden haber muchas situaciones difíciles en la vida, pero el aborto no es la única salida. Es hora de que nos hagamos cargo de los problemas promoviendo soluciones que respeten a la persona humana (madre e hijo) y su dignidad.



Referencias:



2http://www.sld.cu/galerias/pdf/sitios/bmn/hipoc_jur.pdf

3Citado en:

4Kant, Inmanuel: Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785)

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